La silenciosa colonización islámica de Estados Unidos

29/Sep/2026

Gatestone Institute- Por Pierre Rehov (traducido por CCCJU)

 

 

Un análisis de Pierre Rehov sobre la creciente influencia del islam político en Estados Unidos. El autor advierte sobre el avance de redes de influencia a través de la política, las universidades y el financiamiento extranjero, y plantea el desafío que representa para las instituciones democráticas. Crédito foto: Brendan Smialowski/AFP via Getty Images

 

Durante 25 años, la política estadounidense de lucha contra el terrorismo se organizó en torno a la imagen del 11 de septiembre: una célula terrorista, un avión, una explosión. Se destinaron miles de millones de dólares a inteligencia, controles aeroportuarios y guerras en el extranjero. Durante esos mismos años, un proyecto más lento avanzó a través de canales que ningún organismo de seguridad había sido diseñado para controlar: universidades, organizaciones de lobby, la política municipal, estatal y nacional, y el lenguaje de los derechos civiles. No necesitaba nada más explosivo que dinero, paciencia y un conocimiento práctico de cómo funciona una sociedad abierta como Estados Unidos.

 

La Hermandad Musulmana comprendió las posibilidades mucho antes que Washington.

 

Por supuesto, no todos los musulmanes estadounidenses son extremistas; la inmensa mayoría practica su fe pacíficamente, no exige nada a sus vecinos y quiere para sus hijos lo mismo que cualquier otra familia estadounidense. Millones de musulmanes no tienen ningún interés en que el islam político gobierne a nadie, y muchos quizá incluso cruzaron un océano para escapar de él. Las organizaciones que dicen hablar en su nombre son otra cuestión, y su principal logro ha sido hacer que ambas cosas parezcan indistinguibles, de modo que una red política se presente como si fuera toda una población.

 

Los progresistas creen que los islamistas los llevarán al poder, y los islamistas creen que los progresistas los llevarán a ellos al poder.

 

Mientras que a los países occidentales se los acusa constantemente y con ligereza de imperialismo y colonización, ¿por qué nadie menciona jamás el imperialismo y la colonización islámica de la Bizancio cristiana —la actual Turquía—, y mucho menos de todo el Imperio otomano? ¿Por qué nadie menciona la colonización islámica del país cristiano copto de Egipto, o del norte de Chipre en 1974? ¿O de los países anteriormente budistas del sudeste asiático, como Maldivas, Malasia o Indonesia?

 

La colonización islámica que ahora estaría teniendo lugar en Europa y Estados Unidos no tiene un contenido racial ni demográfico. El territorio que se está tomando es ideológico: cambia de manos cada vez que un movimiento político descubre que las instituciones abiertas pueden utilizarse de manera más rentable que si fueran atacadas, cada vez que el dinero extranjero compra reconocimiento dentro de instituciones que forman a la próxima generación de las élites estadounidenses, o cada vez que dos movimientos con valores incompatibles descubren que pueden intercambiar acceso por votos.

 

Los estadounidenses quizá no lo noten de inmediato, o incluso ahora, pero algún día, a menos que se tomen medidas cuanto antes para impedirlo, podrían despertarse una mañana y descubrir que viven bajo un régimen islámico.

 

El proceso es aritmético: pequeñas concesiones, cada una demasiado insignificante como para justificar una pelea, que se acumulan en las instituciones, en las expresiones utilizadas y en el territorio político, hasta que revertir la situación exigiría una confrontación que nadie desea tener. Europa cruzó ese umbral sin siquiera darse cuenta. Estados Unidos todavía no.

 

Sin embargo, el intervalo durante el cual reconocer el problema todavía cuesta menos que revertirlo no es indefinido.

 

La estrategia de la Hermandad Musulmana

 

La Hermandad Musulmana comprendió las posibilidades mucho antes que Washington. Sus activistas operan en Estados Unidos al menos desde finales de la década de 1950; para 1991, uno de ellos había puesto la estrategia por escrito. Ese memorándum, redactado por Mohamed Akram y posteriormente presentado como prueba por fiscales federales en el juicio por financiamiento del terrorismo de la Holy Land Foundation, describía el trabajo del movimiento en Norteamérica como un “proceso de yihad de civilización” destinado a “destruir la civilización occidental desde dentro”. Incluía una lista de las organizaciones que entonces eran consideradas amigas del movimiento. El método que planteaba era institucional, gradual y, en apariencia, legal.

 

Por supuesto, no todos los musulmanes estadounidenses son extremistas; la inmensa mayoría practica su fe pacíficamente, no exige nada a sus vecinos y quiere para sus hijos lo mismo que cualquier otra familia estadounidense. Millones de musulmanes no tienen ningún interés en que el islam político gobierne a nadie, y muchos quizá incluso cruzaron un océano para escapar de él. Las organizaciones que dicen hablar en su nombre son otra cuestión, y su principal logro ha sido hacer que ambas cosas parezcan indistinguibles, de modo que una red política se presente como si fuera toda una población.

 

El Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidenses (CAIR) ilustra este mecanismo. Fundado en 1994, se presenta como “la mayor organización estadounidense de derechos civiles musulmanes”. Su cofundador y director ejecutivo nacional, Nihad Awad, había trabajado anteriormente con la Islamic Association for Palestine, una de las organizaciones mencionadas en el memorándum de 1991. Los fiscales federales incluyeron a CAIR entre los co-conspiradores no acusados formalmente en el caso de la Holy Land Foundation de 2007. Los Emiratos Árabes Unidos, un Estado islámico que, según el autor, considera acertadamente a la Hermandad Musulmana una amenaza existencial, incluyeron a CAIR en su lista de organizaciones terroristas en 2014, una designación que el Departamento de Estado de la administración Obama rechazó públicamente pocos días después.

 

CAIR también domina el terreno político. Su filial CAIR Action interviene abiertamente en las elecciones. Después de que Zohran Mamdani ganara las primarias demócratas para alcalde de Nueva York, presionó públicamente al líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer, y al líder de la minoría de la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, para que lo respaldaran. La influencia en una democracia funciona de esta manera: a plena luz del día, mediante los instrumentos habituales de la presión política.

 

Washington finalmente comenzó a responder. La Orden Ejecutiva 14362, “Designación de determinadas ramas de la Hermandad Musulmana como Organizaciones Terroristas Extranjeras y Terroristas Globales Especialmente Designados”, firmada en noviembre de 2025, abrió el proceso. El 13 de enero de 2026, el Departamento de Estado designó a la Hermandad Musulmana libanesa como Organización Terrorista Extranjera, mientras que el Departamento del Tesoro incluyó a las ramas egipcia y jordana como Terroristas Globales Especialmente Designados, por haber proporcionado apoyo material a Hamás. El 23 de julio, el Tesoro sancionó a un alto dirigente de la Hermandad Musulmana egipcia radicado en Londres, junto con dos organizaciones benéficas ficticias que habían canalizado dinero hacia el brazo militar de Hamás. Fueron las primeras designaciones de ramas nacionales de la Hermandad Musulmana en la historia de Estados Unidos. El senador Ted Cruz llevaba años defendiendo esta medida y volvió a presentar en 2025 su proyecto de ley para designar a la Hermandad Musulmana como organización terrorista.

 

Nombrar y sancionar a la Hermandad Musulmana en el extranjero mientras se deja sin examinar el islam político dentro de Estados Unidos solo resolvió la mitad del problema. Ningún presidente puede auditar personalmente a cada organización, asesor o intermediario que orbita alrededor de su administración. Las redes construidas durante 60 años son desmanteladas por personas que comprenden cómo funciona la maquinaria, y esa maquinaria ahora se extiende mucho más allá de las organizaciones explícitamente islámicas. Su socio estadounidense más valioso hoy es la izquierda radical.

 

La alianza entre la izquierda y los islamistas

 

La alianza entre la izquierda y los islamistas podría parecer incongruente solamente desde la distancia. Progresistas e islamistas discrepan profundamente sobre religión, sexualidad, mujeres y libertad individual, y las elecciones han hecho que esas diferencias resulten políticamente asumibles. Los políticos progresistas necesitan bases electorales organizadas; las redes islamistas y activistas antiisraelíes necesitan acceso al poder político dominante, y la hostilidad hacia Israel proporciona el puente. La incompatibilidad ideológica importa menos que la aritmética. Los progresistas creen que los islamistas los llevarán al poder, y los islamistas creen que los progresistas los llevarán a ellos al poder.

 

La congresista estadounidense Ilhan Omar demostró lo rápidamente que podían desplazarse los límites. Sus reiteradas controversias sobre Israel no le costaron nada dentro de la política progresista y finalmente la convirtieron en uno de sus referentes. La congresista Rashida Tlaib siguió un camino similar, pasando del activismo al Congreso. Posiciones que alguna vez se consideraron políticamente letales terminaron convirtiéndose en activos dentro de electorados cuidadosamente construidos.

 

Mamdani disipó después cualquier ilusión de que el nuevo movimiento estuviera limitado a unos pocos distritos electorales. Apoyó el BDS —boicot, desinversión y sanciones contra Israel—, ayudó a establecer un capítulo de Students for Justice in Palestine en Bowdoin College y se convirtió en el primer candidato respaldado por US Campaign for Palestinian Rights Action en la historia de esa organización. Ahora gobierna la ciudad con la mayor población judía del mundo.

 

Michigan es el siguiente laboratorio. El 4 de agosto, Abdul El-Sayed, quien se presenta como médico pero, según el artículo, nunca tuvo una licencia médica, ganó la nominación demócrata al Senado frente a la representante Haley Stevens, respaldada por el establishment, por aproximadamente un punto.

 

Según la emisora WFMD:

 

“Abdul El-Sayed ha convertido sus supuestas credenciales médicas en una pieza central de su campaña, pero la verdad es que nunca tuvo una licencia médica, nunca hizo una residencia, nunca aprobó sus exámenes y nunca ejerció la medicina de manera independiente”, declaró a Fox News Digital Jackson Boaz, portavoz de la senadora estatal Mallory McMorrow. “Si los votantes de Michigan no pueden confiar en El-Sayed para que sea honesto sobre algo tan central a toda su razón para presentarse, ¿cómo pueden confiar en que será honesto acerca de lo que haría como senador de Estados Unidos?”

 

El senador Bernie Sanders, las representantes Tlaib y Alexandria Ocasio-Cortez y el Working Families Party respaldaron a El-Sayed, quien hizo campaña contra la ayuda militar a Israel. En cuestión de días se puso en marcha la maquinaria de unidad. La derrotada Stevens ofreció su apoyo. La gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, y el senador Chuck Schumer, después de haberse opuesto al candidato, terminaron respaldándolo, y el expresidente Barack Obama lo llamó para ofrecerle consejos. El-Sayed calificó esa conversación de “cálida e inspiradora” y dijo que esperaba que el expresidente hiciera campaña por él en otoño.

 

El patrón político para el país, según el autor, es que la izquierda radical no necesita convertir al Partido Demócrata. Ya está allí, después de haber demostrado que puede aportar votos en Michigan, Minnesota y Nueva York. Una vez que esos votos son considerados necesarios, los radicales de ayer se convierten en los socios de coalición de hoy dentro de un electorado organizado, concentrado y situado allí donde las elecciones son reñidas.

 

El papel del dinero

 

El dinero sostiene estos proyectos, tanto políticos como culturales. Los datos federales de divulgación registran 7.700 millones de dólares provenientes de Qatar destinados a universidades estadounidenses desde 1986, más que los de cualquier otro país, con más de 1.100 millones de dólares llegados solamente en 2025, aproximadamente una quinta parte de toda la financiación extranjera de ese año.

 

Y eso es solamente lo que conocemos, es decir, lo que fue declarado. El Institute for the Study of Global Antisemitism and Policy sitúa el total real mucho más arriba a lo largo de cinco décadas y lo considera un esfuerzo deliberado para introducir ideas de la Hermandad Musulmana en las instituciones estadounidenses.

 

Qatar pasó años alojando a dirigentes de alto nivel de Hamás mientras acumulaba una extraordinaria influencia en universidades, medios de comunicación y ámbitos diplomáticos occidentales. La influencia entre las élites nunca llega en una valija con instrucciones. Llega en forma de cátedras financiadas, asociaciones de investigación, campus satélite y, finalmente, dependencia y sometimiento a determinadas demandas.

 

Mientras que a los países occidentales se los acusa constantemente y con ligereza de imperialismo y colonización, ¿por qué nadie menciona jamás el imperialismo y la colonización islámica de la Bizancio cristiana —la actual Turquía—, y mucho menos de todo el Imperio otomano? ¿Por qué nadie menciona la colonización islámica del país cristiano copto de Egipto, o del norte de Chipre en 1974? ¿O de los países anteriormente budistas del sudeste asiático, como Maldivas, Malasia o Indonesia?

 

La colonización islámica que ahora estaría teniendo lugar en Europa y Estados Unidos no tiene un contenido racial ni demográfico. Una familia musulmana que se instala en Detroit no coloniza nada, del mismo modo que una familia italiana que llegara a Nueva York hace un siglo tampoco lo hizo. El territorio que se está tomando es ideológico: cambia de manos cada vez que un movimiento político descubre que las instituciones abiertas pueden utilizarse de manera más rentable que si fueran atacadas, cada vez que el dinero extranjero compra reconocimiento dentro de instituciones que forman a la próxima generación de las élites estadounidenses, o cada vez que dos movimientos con valores incompatibles descubren que pueden intercambiar acceso por votos.

 

Por ahora, al menos, la posición de Estados Unidos sigue siendo mucho más fuerte que la de Europa. La Hermandad Musulmana ha sido identificada y sancionada; el Departamento de Estado de Marco Rubio ha comenzado a transformar antiguas advertencias en política concreta, y muchos musulmanes estadounidenses que huyeron del autoritarismo religioso en el extranjero quizá sean reacios a verlo seguirlos al otro lado del Atlántico.

 

Los instrumentos de autodefensa también siguen intactos, aunque en gran medida sin utilizar. La Sección 117 de Estados Unidos, relativa a la divulgación de donaciones a instituciones educativas, solamente se aplica en oleadas de episodios periódicos de escándalo. Debería ser una práctica rutinaria.

 

La Foreign Agents Registration Act (FARA) alcanza a quienes actúan en representación de intereses extranjeros, pero en febrero de 2025 el Departamento de Justicia restringió la aplicación penal a conductas similares al espionaje tradicional y desmanteló la unidad del FBI que investigaba la influencia extranjera. Una administración dispuesta a designar ramas de la Hermandad Musulmana en el extranjero ha retirado silenciosamente la principal herramienta legal para detectar la influencia extranjera dentro del país.

 

Los estadounidenses quizá no lo noten de inmediato, o incluso ahora, pero algún día, a menos que se tomen medidas cuanto antes para impedirlo, podrían despertarse una mañana y descubrir que viven bajo un régimen islámico.

 

El proceso es aritmético: pequeñas concesiones, cada una demasiado insignificante como para justificar una pelea, que se acumulan en las instituciones, en las expresiones utilizadas y en el territorio político, hasta que revertir la situación exigiría una confrontación que nadie desea tener. Europa cruzó ese umbral sin siquiera darse cuenta. Estados Unidos todavía no.

 

Sin embargo, el intervalo durante el cual reconocer el problema todavía cuesta menos que revertirlo no es indefinido.

 

Sobre el autor

 

Pierre Rehov, licenciado en Derecho por Paris-Assas, es periodista, novelista y documentalista francés. Es autor de seis novelas, entre ellas Beyond Red Lines, The Third Testament y Red Eden, traducidas del francés. Su último ensayo sobre las consecuencias de la masacre del 7 de octubre, 7 octobre – La riposte, se convirtió en un éxito de ventas en Francia. Como cineasta, ha producido y dirigido 17 documentales, muchos de ellos filmados en zonas de guerra de Medio Oriente y en condiciones de alto riesgo, centrados en el terrorismo, el sesgo de los medios de comunicación y la persecución de los cristianos. Su último documental, Pogrom(s), destaca el contexto del antiguo odio hacia los judíos dentro de la civilización musulmana como la principal fuerza detrás de la masacre del 7 de octubre.